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viernes, 21 de septiembre de 2012

Comentario del libro La fe en el Nombre (Biblos, 2012), de José Milmaniene.

Por Martín Uranga

La fe en el Nombre”, el nuevo libro de José Milmaniene, se inscribe dentro de la tradición más radical del legado freudiano: va al fundamento. Si Freud nos presenta en “Tótem y Tabú” y en “Moisés y la religión monoteísta” el corpus ético del psicoanálisis que se asienta sobre la égida de la Ley del Padre, es porque pensar las condiciones de efectuación del sujeto del inconciente remite de manera insoslayable a la estructura del lenguaje y a sus modos socio-históricos de expresión. 
Así, consecuente con la labor de nominación de los significantes esenciales que Freud empezó a delinear al escuchar al sujeto de la modernidad que surge como efecto del discurso científico, Milmaniene emprende la imprescindible tarea de recrear las ficciones simbólicas esenciales, causa y efecto del progreso en la espiritualidad, en tiempos en los que la posmodernidad cuestiona las bases éticas que hicieron posible la emergencia del sujeto del deseo interpelado por la diferencia. Pareciera que el autor advierte que si en nuestra actualidad el lugar del Padre es cuestionado transgresivamente por las políticas de goce que promueven el retorno del protopadre, es necesario entonces encausar, a través de un ejercicio lúcido de escritura, un trabajo de simbolización que auspicie desde la inventiva y el creacionismo significante el reposicionamiento de los axiomas fundamentales puestos en cuestión por las recaídas pulsionales de nuestra época. De esta manera, Milmaniene no se contenta con reafirmar el lugar primordial del Padre en el abordaje del sujeto del inconciente, sino que entiende que es necesario situar el soporte escriturario que lo revela: el Nombre.

Si el psicoanálisis promueve la escucha atenta del sujeto causado por el encuentro con la diferencia, suposición inherente a la puesta en acto de la estructura simbólica, es necesario entonces situar aquello que nomina al lenguaje como tal. El nombre del lenguaje, escritura de imposible enunciación que entraña la potencialidad de la pronunciación de infinitos enunciados, constituye de este modo la instancia fundante de la letra. Así, inaugurando la revelación heterónoma de la alteridad, conmueve el universo narcisista y arroja al ser al exilio peregrinante que transcurre a través del mundo desiderativo escandido por el devenir significante. La revelación del nombre del lenguaje, expresado históricamente por los relatos que testimonian acerca de la singular experiencia del pueblo judío, implica, en términos de Freud, un salto cualitativo en el progreso en la espiritualidad, que supone el pasaje del mundo idolátrico y fetichístico de las imágenes que recrean un mundo cerrado en sí mismo, al encuentro traumático con la diferencia que se revela a través del tetragrama impronunciable signado por las letras del Nombre. 

Milmaniene irá recorriendo las coordenadas del Nombre a través de los diferentes tópicos conceptuales que lo atraviesan y lo contornean, en un entramado escriturístico que se nutre del relato bíblico y el psicoanálisis como discursos protagónicos, a la vez que tiende lazos con la filosofía en tanto la misma alberga una potencialidad fecunda para auspiciar un interjuego creativo entre las “verdades necesarias” reveladas por los relatos fundacionales y los efectos de verdad con estructura de ficción que se expresan en las coagulaciones sintomáticas que aluden a la singularidad del deseo del sujeto del inconciente.

El autor intenta cercar la nominación imposible del Nombre. Así, pone en acto un ejercicio creativo de deconstrucción necesariamente inacabado, que genera una dialéctica permanente entre diferentes órdenes discursivos anudados por sintagmas esenciales que producen un rencuentro jubiloso con lo indecible. De esta manera, el Nombre se constituye en un condensador extremo a partir del cual es posible articular las distintas referencias conceptuales que el texto nos transmite. Si el Nombre se revela en la materialidad del lenguaje con el inherente fetichismo de la letra que tal condición supone, será la poesía su característica esencial en tanto expresión del discurrir lúdico y rítmico de las palabras que alude al desencuentro radical del significante con el sentido. 

Si el juramento proferido afirma al Nombre en su enunciación performativa es porque la irrupción del espacio Otro que lo revela como alteridad irreductible convoca a un acto de afirmación esencial que entraña la convicción decidida asentada en la fe como anclaje imprescindible previo a toda reflexión posible. Si la Voz lo proclama será la plegaria el modo de invocarlo. 
En fin, si su imposibilidad intrínseca es quien causa la lógica escandida del ordenamiento significante que se expresa estructuralmente en dos tiempos, será el milagro su forma de revelación.

“La fe en el Nombre” no es un texto que podríamos situar dentro de lo que se da en llamar psicoanálisis en extensión. Aquí no se trata de aplicar el psicoanálisis al discurso bíblico. Tampoco, de manera inversa, de adaptar los axiomas analíticos a los presupuestos religiosos. Más bien nos encontramos con una dialéctica que pone en tensión creativa dos órdenes discursivos, que en su solidaridad estructural en torno al compromiso creyente en la Palabra así como en sus diferentes modos de expresión de acuerdo a las diferentes circunstancias históricas en que emergen, se nutren mutuamente sin que se produzca un atisbo de violencia epistemológica entre ambos campos. Esta circunstancia no constituye obstáculo alguno para que podamos reconocer el lugar de enunciación psicoanalítico del autor. 

Asimismo, “La fe en el Nombre” no constituye una elaboración desprendida de los intereses de la clínica ni se trata de una suerte de extravagancia ajena a los problemas subjetivos de nuestros tiempos. Todo lo contrario. Así como en “Clínica de la diferencia” Milmaniene nos advertía acerca de los efectos devastadores de la posmodernidad al promover una subjetividad desabonada de la impronta de la Ley del Padre, aquí emprende el camino decisivo: ir al fundamento de la estructura del lenguaje, que se materializa y se pone en acto en los rituales religiosos, para retornar con todo vigor a los fundamentos simbólicos de la práctica analítica reposicionando su dimensión ética y sublimatoria, en tiempos en los que el ataque a los dogmas y presupuestos religiosos encubre apenas disimuladamente el afán desubjetivante de transgresividad perversa y de brutalidad pulsional que los anima. 

La destitución subjetiva de la contemporaneidad comporta el cuestionamiento, la banalización y el bastardeo de las metáforas esenciales que conforman los relatos constituyentes de la revelación del orden simbólico, en beneficio del retorno neopagano que exalta el caos pulsional por sobre la hegemonía del logos. Esta circunstancia, convoca al autor a recrear y precisar en el discurso bíblico las categorías fundamentales del lenguaje, como vía regia para reposicionar los axiomas del psicoanálisis, en tanto discurso legatario del imperio de la Ley, en tiempos en los que la ideología posmoderna infiltra discursos, ciencias e ideales.

Es así como podemos rastrear en el libro de Milmaniene de qué modo, anudados en el Nombre, los distintos resortes conceptuales del texto bíblico actúan como un antídoto eficaz, para, desde la potencia que otorgan las metáforas inaugurales, inducir un ejercicio ético de lectura que revierta en nuevas maneras de pensar la subjetividad. Convencido de que el proceso histórico se encuentra en permanente cambio, el autor no apuesta por la nostalgia ni por la restauración, sino que se vale de los pilares simbólicos promotores de la cultura, para relanzar de manera renovada un pensamiento acerca de la subjetividad de nuestros días que enuncie sin concesiones la apuesta por la ética de la diferencia.
De esta manera, el autor opone la necesidad de promover el orden ficcional por sobre el cinismo empírico precipitado en la imbecilidad de lo Real que olvida que, en el decir de Lacan, “los no incautos yerran” y “que la verdad tiene estructura de ficción”. 

Del mismo modo, el juramento que afirma el Nombre de manera performativa en la plena afirmación del valor absoluto del lenguaje, se contrapone al relativismo disolvente que destituye las diferencias al exaltar las diversidades especulares. La Voz, que irrumpe desde la exterioridad radical que conmueve al narcisismo, desmiente la interioridad solipsista e introspectiva que entifica un “mundo interno” intoxicado de autoerotismo. 
El fetichismo de la letra, que promueve la sacralización del Nombre en tanto sumisión constituyente al lenguaje y al soporte material que la partícula de la letra implica, constituye el antídoto eficaz frente a los fetiches objetales que buscan suturar imaginariamente con “imágenes velo” la ausencia del falo materno. 

La poesía, puesta en acto del devenir significante que sanciona el divorcio entre la sonoridad del lenguaje y la coagulación del sentido, nos conmina a sostener en el discurrir infinito de las palabras lo indecible del nombre del lenguaje, subvirtiendo los circuitos de comunicación convencional, que tienden con “buenas razones” que todo lo explican, a obturar el espacio del deseo. 

Así, el lenguaje, suspendido en la imposibilidad de su enunciación nominal, y a través de la preminencia del Otro de la palabra que el monoteísmo revela, nos sitúa en el orden neurótico de la diferencia, y nos precave contra el aplastamiento que la consagración de los significados y la inmanencia sancionan con su cerrazón imaginaria. Asimismo, la subjetividad, como efecto de la irrupción de la heteronomía del Otro, contrarresta la tendencia tanática a la hegemonía del Yo. 

En este sentido, cobra especial relevancia el análisis que Milmaniene aborda respecto a las diferentes dimensiones del lenguaje consideradas por Rosenzweig en torno a sus estudios bíblicos: A) el lenguaje coral, auspiciante de la comunión fraterna a través de la conformación de un espacio comunitario atravesado por la alteridad, como remedo en acto permanente frente a las rivalidades narcisistas propias de las contiendas imaginarias impregnadas de componentes mortíferos. B) el relato como construcción metafórica de tramitación de las “verdades necesarias”, que acota la tendencia al cinismo empírico abroquelado en un imperativo fáctico informacional que sólo tiene ojos para sancionar como realidad lo que se presta a ser visto en el mundo cósico-especular. C) el diálogo, finalmente, en tanto relación ético-lingüística que considera al Otro como promotor de la palabra que efectúa la subjetividad, ataca de raíz el uso instrumental del lenguaje al servicio de monólogos proyectivos que retroalimentan la vanagloria idolátrica del Yo.

Cómo no valorar en este contexto, las reflexiones en torno a la plegaria y al milagro, ambos impregnados de la dimensión ética del lenguaje.
La plegaria es el modo de invocación que materializa en acto la exterioridad radical del Otro, causando al sujeto afectado por la receptividad del don a la acción en la historia a través de la destitución del narcisismo. 
Por su parte, el milagro, contrarresta los arbitrios y caprichos narcisistas de la magia al actuar como la realización en dos tiempos de la potencia desiderativa enunciada proféticamente hacia un porvenir abierto que compromete al deseo decidido del sujeto, alterando de esta manera la neurosis de destino que se cierne oracularmente en el paganismo como certeza ineluctable de la tendencia a la repetición.
En su libro “La ética del sujeto”, Milmaniene nos había situado en la perspectiva de pensar al psicoanálisis, desde la perspectiva secular posibilitada por la modernidad, como un discurso de raíz mesiánica que renueva el Pacto con la Palabra a través de la asunción responsable del deseo que el Otro de la diferencia promueve. 

Reafirmada la lógica mesiánica como ficción esencial en su texto “Clínica de la diferencia”, no hay ninguna mención explícita a ella en el libro que nos ocupa. Sucede que el mesianismo, en tanto tensión utópica hacia la enunciación posible del Nombre, impregna cada uno de los párrafos del libro como prototexto que late desiderativamente en cada una de las letras imposibles de la nominación del lenguaje.
El mesianismo, inherente a la hegemonía del logos que no cesa de no arraigarse en el ser, es la estructura de discurso que inscribe al sujeto en la vertiente del desgarro existencial y de la apertura a lo trascendente. Es la lógica que imprime potencia, vitalidad, vigencia y equivocidad al Nombre que constituye su marca más idiosincrática. 

Milmaniene nos propone sostener la creencia en el Nombre en contraposición a la credulidad idolátrica apegada a los fetiches maternos. Sólo el sostén de la causa como enigma nos previene de la tentación de obturar lo real de la sexualidad y de la muerte con explicaciones hechas a medida. Sin la afirmación creyente en el nombre indecible que destituye los rótulos y las etiquetas, la petulancia y la vanidad humana no encuentran límite a sus pretenciosos saberes que consolidan la certeza perversa que desmiente la diferencia pretendiendo encontrar razones para justificar cualquier iniquidad transgresiva. 
En fin, sin la fe en el Nombre que impone el límite ético que preserva la inviolabilidad de la trascendencia, la típica pregunta retórica e inductora de goce característica de la perversión, “¿por qué no?”, se afirma como un imperativo pulsional que orada el orden de la Ley simbólica en aras de la obscenidad superyoica. 

Si se trata de creer en el Nombre, es porque del mismo modo que el fetichismo de la letra preserva de la consolidación objetal, la fe en el Nombre supone elevar el anclaje existencial del ser humano al orden simbólico, la creencia, a la categoría más abstracta que el progreso en la espiritualidad supone.
Concluyo con palabras de Zizek en “Como leer a Lacan”: “Lo que muchos lectores de Lacan pasan por alto es que la figura del sujeto supuesto saber es un fenómeno secundario, una excepción, algo que surge contra un fondo más elemental de un sujeto supuesto creer, que es el rasgo constitutivo del orden simbólico.”

Fuente:  ImagoAgenda.com 

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lunes, 30 de marzo de 2009

Comentario del libro La ética del sujeto, de José Milmaniene

Por Martín Esteban Uranga


El nuevo libro de José E. Milmaniene, La ética del sujeto (Biblos, Buenos Aires 2008), nos convoca a involucrarnos con una problemática crucial del psicoanálisis que la contemporaneidad devela con elocuencia: el sujeto y su estatuto ético en tanto fundamento y horizonte de nuestra praxis.
En El tiempo del sujeto el autor situó las coordenadas simbólicas que habilitan el devenir temporal del sujeto, mientras que en El lugar del sujeto nos habló del topos a partir del cual el existente realiza su aventura desiderativa. Ahora, en el cierre de la trilogía, con La ética del sujeto, Milmaniene aborda el hecho capital. Si el sujeto se realiza y adviene en el tiempo y el espacio, signado por la palabra, es en tanto y en cuanto su estatuto mismo es consustancial al universo discursivo y a la ética que la presencia del significante impone. El sujeto es tal, si y solo si se constituye éticamente.



El libro transcurre a partir del entrelazamiento de citas de diversos autores, como es habitual en la práctica escrituraria de Milmaniene. De este modo el autor se adentra como articulador de un coro polifónico de discursos, en la problemática de la eticidad de un sujeto que encuentra amenazada tal condición en el contexto de un escenario cultural que pregona la transgresión como normativa y el goce como única política posible. El nuevo malestar en la cultura testimoniado según una clasificación que hace el autor por el auge de las patologías del goce o vacío, las perversiones, la violencia, el fundamentalismo y el misticismo que se desentienden del Otro, conlleva el colapso subjetivo que denuncia a la vez que consuma la degradación del principio ético. La preocupación por la contemporaneidad se conjuga con la necesidad de reafirmación de los presupuestos fundacionales de la práctica analítica, y es consecuente con esta dinámica que el texto entrame las referencias de nuestra experiencia socio-cultural actual con los basamentos mismos del psicoanálisis. Es así como luego de ligar la ética del psicoanálisis a la tradición judaica nos dice: “Esta posición ética resulta más necesaria aun en la actualidad, dado que la pasión por lo real de los siglos XX y XXI ha entronizado la hegemonía de lo ilimitado en detrimento de la vigencia libidinal de la cuatriplicidad, como escribe Milner.”

La elaboración dialéctica y creativa que implica la puesta en relación de los fundamentos del psicoanálisis con sus desafíos actuales, así como la conceptualización de la contemporaneidad articulada a sus manifestaciones concretas de padecimiento subjetivo, es lo que evidencia que estamos ante un texto clásico y actual, teórico y clínico.

El esfuerzo y la rigurosidad con que Milmaniene sitúa las coordenadas éticas del sujeto lo relanzan una y otra vez a la clínica. Así como en los primeros capítulos del texto nos habla de las condiciones subjetivas de nuestro tiempo desde una mirada aguda y crítica sustentada en su posicionamiento ético y existencial. En el apartado “Ética y cura psicoanalítica” da cuenta de las encrucijadas clínicas concretas con que un analista se confronta en la relación con un analizante. Su posición frente a la relación con la muerte, con la diferencia sexual y con la paternidad, que considera como las tres problemáticas cruciales que deben atravesarse y elaborarse en un análisis, está impregnada de la densidad existencial con que piensa los fundamentos mismos de la subjetividad en términos éticos. Asimismo, la dimensión intertextual del libro, lo erige en un lugar que contribuye a reposicionar al psicoanálisis como ciencia conjetural del sujeto que requiere necesariamente del abordaje interdiscursivo. Ahora bien, si de pensar al sujeto y de intervenir terapéuticamente sobre él se trata, resulta indispensable interpelarlo en su propio fundamento. Adentrémonos entonces en el eje central del libro: la cuestión ética.

La ética del sujeto tal cual lo entiende el psicoanálisis, deriva para Milmaniene de la ética de la Ley simbólica introducida por el judaísmo. De esta manera, toma como paradigma el decálogo para dar cuenta del carácter externo y traumático de la imposición de la Ley. Fundado a partir de una alteridad que lo interpela, el sujeto enuncia “¡Heme aquí!” afirmando el mandato ético de cuidado y preservación de la otredad. Reconocimiento de la otredad y subjetivación de la Ley configuran de este modo los pilares fundacionales de la constitución del sujeto.

En su libro El Holocausto Milmaniene nos confrontó con la crueldad y la barbarie producto del odio forclusivo de la ley y del avasallamiento de la otredad que la sustenta. Ahora, en La ética del sujeto, nos advierte de la necesidad perentoria de la reconstitución de la dignidad subjetiva en una época como la nuestra que denuncia con su neopaganismo militante, las secuelas activas de la brutalidad de los dioses oscuros que reinaron en Auschwitz. De aquí la necesidad del autor de testimoniar el mal de su época denunciando las prácticas idolátricas y narcisistas que avasallan el basamento mismo del sujeto ético. El sujeto se constituye en acto, y siendo ético el estatuto del sujeto no puede ser sino ética la dimensión del acto que le es inherente. En referencia a la estructura del acto ético dice el autor, siguiendo los desarrollos de Slavoj Zizek: “Definimos entonces el acto ético como aquel que suspende la subjetivación forzada de la deuda simbólica, y su consumación decidida y responsable implica el momento en el cual uno se «desprende» transitoriamente del vínculo convencional con el «gran Otro»”. Queda dicho de este modo que el acto ético no supone la alienación en los enunciados morales, debido a que “…no sólo no se constituye como respuesta a ninguna súplica ni demanda del prójimo especular, ni tampoco como respuesta a la llamada del Otro insondable, sino que consiste en una intervención sorpresiva e inédita que cambia las coordenadas de la realidad existentes, así como la percepción de los parámetros de lo que era posible hasta ese momento tanto como la concepción de lo que se considera «el bien»”. Esta dimensión de “desprendimiento transitorio del Otro” es lo que hace que el acto sea en soledad ya que “en el acto que nos ocurre –sorpresivo, sin soporte fantasmático alguno, producido de la nada- el sujeto dividido se ubica a sí mismo como su propia causa, incapaz por ende de subjetivarla totalmente”. Ahora bien, el “sujeto que ha franqueado la tiranía de lo Mismo” no es sin el Otro. Se desprende la pregunta: ¿cómo conciliar la dimensión de otredad constitutiva y constituyente del sujeto con el hecho de que el acto subjetivo debe prescindir de la misma?

Estamos frente a un impasse que Milmaniene buscará atravesar sustentado sólidamente en la filosofía de Emmanuel Levinas. Volverá a acentuar una vez más el reconocimiento de la alteridad como inherente a la ética para enunciar: “Este reconocimiento de la alteridad, que distancia de toda tentación a la captura especular, supone lo «Absolutamente-Otro» levinasiano, e implica el nombre de la referencia simbólica absoluta (el Padre Muerto, Dios).” Es decir, el sujeto instituye su acto en soledad desprendiéndose transitoriamente del Otro de los enunciados, lo cual no implica que su soledad no esté signada por la presencia de la ausencia del Padre que en tanto muerto confirma desde su desvanecimiento el desamparo radical que el sujeto deberá confrontar con su acto. El acto ético, de este modo, supone la subjetivación de la inanidad del ser en tanto y en cuanto fue afectado por la palabra de lo “Absolutamente-Otro”. No se trata que lo “Absolutamente-Otro” se constituya en Otro del Otro sino más bien que lo “Absolutamente-Otro” queda delineado por el rastro/rostro evanescente que sitúa un inasimilable lugar de enunciación en el punto de desfallecimiento de los enunciados. Horizonte del puro decir que se abisma inasible y de modo radicalmente transontológico sobre la caída del cuerpo textual de los dichos. Dice Milmaniene: “La voz ética del Otro resulta entonces nada más que un llamado sin contenido positivo alguno, que no ordena ni garantiza nada, sólo una pura enunciación sin enunciado que convoca al sujeto a la entrega responsable, más allá de la culpa.”

No caben dudas que para el autor La Ética Del Sujeto tal cual lo aborda el psicoanálisis, es la secularización de la ética judía. Dice al respecto que “la ética secularizada retoma esta dimensión de la fe en el renovado pacto con la palabra”. El acto ético es redentor, y en este punto el autor conjuga de manera admirable la práctica analítica con la utopía mesiánica, “¿No se trata acaso en el análisis de una suerte de mesianismo laico, en el cual el sujeto se «redime» del goce y se libera de la culpa a través de sus actos, asentado en la convicción –que no es certeza- del deseo responsable como condición de la libertad?”. Milmaniene nos habla del “renovado pacto con la palabra”, pero ¿sobre qué dimensión de la palabra se asienta la redención? La “palabra de la ley” y la “palabra de la fe”, aparecen así desde la referencia a Agamben como puntos de tensión entre la ley y la gracia que será desplegada y enriquecida con las referencias hechas al cristianismo. Así como en su libro La función paterna Milmaniene nos familiarizó con los excesos inherentes a la ley expresados a partir de los complementos obscenos y superyoicos, en esta oportunidad nos habla de los excedentes de la ley pero no ya en el terreno patológico sino en términos de amor y gratuidad del don que actúan como sostén mismo de la ley. Dice el autor en referencia a la consumación mesiánica que equipara a la “utopía psicoanalítica”: “Se trata, en suma, de la ley basada en la promesa del amor redentor y en la gracia (hésed, en hebreo) que es bondad piadosa entendida como don, y que reemplazará a la ley de los mandamientos y las obligaciones. En tales circunstancias ya ninguna norma obligará al sujeto sino sus propias convicciones éticas, producto de la máxima interiorización lograda de la Ley, que ya es la Verdad del amor.” El acto redentor entonces, si bien implica “aceptar lo irremediablemente perdido” a partir de una lograda interiorización de le ley que implique el “complejo movimiento que en psicoanálisis se llama asunción de la castración”, se inscribe como tal “en el excedente irreductible de la ley que es la gracia (charis).” De este modo “se podrá crear un mundo en el que ya no habitará un sujeto alienado en el Otro, sino que será liberado en tanto habrá accedido a la máxima autenticidad, como lo postula la redención cristiana y lo sostiene también la utopía psicoanalítica”.

Milmaniene tiene la audacia de hablar de utopías en un universo cultural que pareciera haber renegado de ellas. Porque sabe que en palabras del poeta, “sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte”. Su profundo humanismo apela a que desde una “posición existencial sublimatoria”, podamos trascender el ensayo para actuar de primera mano en el terreno de las realizaciones desiderativas sin especulaciones ni garantías subjetivando la finitud pero sin fetichizar la muerte. Absteniéndose de consuelos neuróticos frente al inexorable final pero enfrentando del mismo modo las posiciones melancolizantes, nos convoca a reproponer las utopías sin caer en un idealismo estéril. Porque la utopía psicoanalítica que inscribe en el linaje de las utopías mesiánicas, es la aspiración ideal pero concreta de la nunca del todo acabada asunción responsable de los deseos que requiere de la deposición dolorosa pero auspiciosa de los goznes del narcisismo con la pulsión de muerte. Milmaniene no escribe desde la fría mirada del académico, del tecnócrata o del crítico social, sino desde una profunda humanidad que da cuenta de alguien que involucra su propia existencia en aquello que escribe. Ya dio muestras de una exquisita sensibilidad en Clínica del texto que se relanza ahora con todo vigor y desgarro en un texto sin concesiones con los “cantos de sirenas” emitidos por los apologetas de la posmodernidad. Su existencialismo fundado en la ética monoteísta, repropone una ética de la responsabilidad que se erige con valentía, sabiduría y contundencia frente a los pregoneros de la conversión del psicoanálisis en una “ética de la libertad” fundada en última instancia en el narcisismo que aliena al ser.

Un libro imprescindible, urgente y necesario que nos hace sentir vivos y humanos en toda su dimensión. Confrontándonos con los lados mortíferos y oscuros del ser y la (des)cultura, nos alienta sobre todo a no ceder en nuestro imperecedero deseo de ética para poder transformar la ética del sujeto en un sujeto de la ética que asuma activamente la sumisión constituyente a la Ley y la gracia. Decía Miguel de Unamuno: “¿Queréis novedades? Leed a los clásicos.” José Milmaniene lo es. Busquemos en su generosa y lúcida escritura las eternas novedades pasibles de ser genuinamente anunciadas sólo desde una posición humanista como la suya, que desde la recreación permanente de los presupuestos fundacionales de la subjetividad nos propone una y otra vez aventurarnos responsablemente en la travesía ética de la existencia.

Fuente: El Sigma

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