Trazo Freudiano

domingo 8 de enero de 2012

Comentario del libro: Extrañas Parejas de José Milmaniene

      Por Martín Uranga


Con la nueva edición del libro Extrañas parejas (Biblos, 2011) de José Milmaniene, asistimos a la renovada posibilidad de adentrarnos, a partir de la penetrante escritura de su autor, en el cotidiano universo de la psicopatología de la vida erótica. Si Milmaniene sitúa desde las primeras páginas del texto que el ordenamiento diferencial del mundo simbólico está signado por la oposición esencial entre lo masculino y lo femenino, es porque su abordaje del universo erótico constituido entre los seres parlantes, se ancla en el núcleo central de la teoría freudiana que ubica al complejo de castración como pivote nuclear del proceso de subjetivación. El acceso a la irreductible dimensión de la alteridad, auspiciada si y sólo si a través del reconocimiento de la diferencia sexual, habilita el devenir desiderativo neurótico, así como su recusación en sus diferentes modalidades da lugar a las posiciones existenciales propias de la perversión y de la psicosis.

El sujeto acontece como sexuado a partir de su inscripción significante que lo sitúa en torno a lo real del sexo y de la muerte. De esta manera, el pasaje por la castración simbólica, que evoca el núcleo no simbolizable de la polaridadmasculino/femenino, constituye el operador lógico que posiciona al existente como efecto de un discurso que padece de la insuficiencia estructural de dar cuenta de manera acabada del binarismo sexual signado por la diferencia sexual anatómica. Allí donde el neurótico reconoce la diferencia sexual, no sin un anclaje de un residuo fetichístico renegatorio que da cuenta de la imposibilidad de simbolizar la diferencia como tal, el perverso la reniega a través de la persistencia de la sustancialización del fetiche en el lugar de la falta. Mientras que el psicótico, por otro lado, no puede sino ver un pene en el Otro materno por la identificación indisoluble entre el falo y el órgano viril masculino que lo sumerge en un abigarrado mundo imaginario donde la simbolización de la diferencia no tiene lugar alguno. De esta manera, la oposición binaria masculino/femenino en tanto dato constitutivo de la diferencia esencial que inscribe el orden simbólico, puede sufrir distintos avatares según la modalidad de atravesamiento del complejo de castración. En este sentido, como efecto de las distintas posiciones existenciales que se entrecruzan dialécticamente desde las marcas singulares de cada sujeto, así como a partir de las diversas formas de elaboración subjetiva de los núcleos traumáticos que resisten la metabolización simbólica de lo real del sexo, se articula históricamente la enrevesada psicopatología de la vida erótica en la que Milmaniene propone situarnos a través de su lúcido texto.

Uno de los aspectos más sobresalientes evidenciados a través de la lectura de Extrañas parejas, consiste en el empeño del autor por situar una y otra vez las coordenadas simbólicas del sujeto sexuado, articuladas por la estructura binaria signada por la polaridad masculino/femenino. El pensamiento de Milmaniene es claro y contundente: la dignidad del orden simbólico es inherente a la caída de las ilusiones de complementariedad que subyacen tanto en las concepciones que suponen el acoplamiento simétrico y armónico entre lo masculino y lo femenino, como en aquellas más típicas de la posmodernidad que recusan la diferencia y con ella el suplemento femenino que cuestiona la hegemonía fálica. 

Si el falo en tanto significante marca de modo indeleble al sujeto como sexuado y en falta, sólo desde la asunción de la pérdida que toda posición impone, es como lo masculino y lo femenino podrá articularse poéticamente entre los sujetos a través del reconocimiento de la diferencia sexual. La recusación de la diferencia, que implica la identificación del órgano viril con el falo, necesariamente impone la forclusión de lo femenino. Allí donde la diferencia es recusada, sólo cabe la femineidad como simulacro: como farsa de armonía con lo masculino en los convencionalismos y formatos heterosexuales donde reina en rigor la unicidad fálica, o como fantasma forcluído en las relaciones homosexuales donde en sus diversas variedades lo masculino y lo femenino son equivalentes a la impostura fetichística. No hay lugar para lo masculino y lo femenino en su auténtica dimensión binaria si no es a partir de la operatividad de la Ley del padre, que acotando los efectos devastadores de La Cosa efectúa la pacificación simbólica necesaria a través del entramado del anudamiento del goce fálico con el goce Otro de lo femenino. Esta dialéctica inacabada, deviene como efecto del reconocimiento de la diferencia sexual que sólo puede ser inscripta en términos de falo-castración en el punto de tropiezo del discurso frente a lo indecible de lo real signado por la diferencia sexual anatómica.

De esta manera, el autor analiza la vida erótica desde dos perspectivas fundamentales: a) en relaciones donde lo masculino y lo femenino se ordenan desde una auténtica lógica binaria, constituyendo la psicopatología el campo de expresión de los componentes sexuales homoeróticos reprimidos. En estos casos, tanto la represión de la masculinidad en la mujer como del goce femenino en el hombre conllevan, siguiendo a Freud, la represión de la femineidad, en tanto en ambos casos lo que intenta obturarse es la asunción de una identidad sexuada atravesada por la castración que el significante fálico devela en el suplemento del goce Otro. Aquí, tanto lo masculino como lo femenino, si bien se sostienen en el reconocimiento de la diferencia, deben lidiar con los componentes narcisísticos que buscan velarla a través de diversas formas inhibitorias, sintomáticas y actuadas. b) en relaciones donde lo masculino y lo femenino se diluyen como tales en aras de un semblante fetichístico que recrea el afán de completud propio de la mítica pagana.Aquí la diferencia es reemplazada por la totalidad, las posiciones sexuadas por las identidades andróginas, el pluralismo poético de los sexos por la diversidad polimorfa, la potencia fálica por la pretensión omnipotente de la unicidad del fetiche, y lo indecible de lo femenino por las imposturas ideologizadas. 

En consonancia con la afirmación de la lógica binaria inherente a la ética de la diferencia del sujeto sexuado, el autor nos dice que las palabras de mujer que testimonian acerca de su relación inmediata con la operatoria de la castración, se entraman dialécticamente con el discurso de hombre más afecto a la construcción de sentidos. Masculino/femenino, derivados opositores de la ética de la diferencia que la Ley simbólica instaura, implican entonces efectos significantes diferentes para cada condición sexuada.

El autor, en correlato con la aseveración de Lacan que expresa que no hay relación sexual sino cópula significante entre los sexos, recupera de este modo dos estructuraciones diferentes del mundo simbólico que denuncian los impactos disímiles que la acción del lenguaje ejerce sobre cada sexo. En este sentido, si ambas condiciones sexuadas evocan relaciones diferentes con la estructuración simbólica, la posibilidad de anudamiento erótico entre ambas reside en el reconocimiento de la diferencia que la propia Ley impone en tanto referencia última de la estructura.

De este modo, es el pacto simbólico el formato significante que auspicia la relación erótica entre los sexos a través del lazo amoroso que constituye su sostén. Sólo a partir de una referencia tercera que evoque la diferencia irreductible derivada de la Ley simbólica, será posible el entrelazamiento de las distintas posiciones sexuadas en un entramado libidinal que acote los excesos narcisistas a favor de un vínculo amoroso constituido por el don de la ofrenda recíproca.
Distinta es la situación, según nos señala el autor, allí donde la ética de la diferencia es vulnerada en pos de las configuraciones narcisísticas que obturan el reconocimiento de la alteridad evocada por la inscripción simbólica de la diferencia sexual. En este sentido, cuando la diferencia sexual es recusada, el muro narcisista adquiere una dimensión obstructiva e infranqueable, alojándose el sujeto de este modo en una morada imaginaria sin mediación simbólica donde lo masculino y lo femenino se constituyen en meras mascaradas que actúan como semblantes reversibles de la impostura fetichística. Así, el lazo erótico se anuda en estos casos, por la estructuración misma de su dimensión dual y narcisística, a partir de acuerdos entre partes que desde su lógica especular se sustraen a la sanción de la terceridad simbólica.

Resulta altamente enriquecedor retornar a Extrañas parejas a partir de la lectura del último libro de Milmaniene,Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada. En los más de 10 años transcurridos entre ambos textos, el pensamiento del autor, en consonancia con los cambios vertiginosos acontecidos en el orden socio-simbólico, se ha tornado más incisivo y categórico. Así, en Clínica de la diferencia, en tiempos de auge de las formaciones identitarias que reniegan de la Ley simbólica, el autor nos habla de posiciones transclínicas que, como efecto del colapso de la diferencia, se expresan más allá de la nosografía clásica. Por otro lado, en Clínica de la diferencia desarrolla exhaustivamente las distintas formas de manifestación de la recusación generalizada de la castración en nuestra época.

Masculino y femenino, constituyen la oposición esencial que articula la estructuración de la vida erótica, y, sus distintas derivaciones, según Milmaniene teoriza en Clínica de la diferencia, se expresan en el campo cultural en una relación dialéctica y dinámica con las distintas modalidades discursivas que constituyen el universo social. Así, si en Extrañas parejas Milmaniene expresa con toda claridad e impecable lógica que le resulta difícil pensar “que un individuo que puede negar la diferencia de los sexos –a favor de una recusación perversa de la castración- mantenga simultáneamente indemne en cualquier campo (sea artístico, cultural, social, etcétera) su relación con la Ley del padre que funda una ética de la diferencia”, en Clínica de la diferencia arremete con el análisis de las consecuencias de esta recusación articulada en los distintos campos de la cultura. Empezando por el antisemitismo y el ataque a la cuadriplicidad, el texto discurre de este modo por el análisis del arte contemporáneo, de las distintas conformaciones sociales y de la clínica. Así, el autor nos deja en Clínica de la diferencia su audaz testimonio y su preciso abordaje de los diversos escenarios socio-culturales que se relacionan dialécticamente con la estructura fundacional articulada por el complejo de castración que Milmaniene desarrolla en Extrañas parejas a partir del análisis de la psicopatología de la vida erótica.

De esta manera, Extrañas parejas se constituye en un aguda percepción de la vida erótica testimoniada como alegato ético que recrea poéticamente un decir acerca de la diferencia sexual. Aborda creativamente el núcleo esencial a partir del cual desarrollará en Clínica de la diferencia el malestar de la cultura en nuestros tiempos de perversión generalizada.

Milmaniene nos enseña que el valor axiomático y la claridad conceptual no se riñen con la poética del discurso. Con rigor y vigor, transmite con precisión las “verdades necesarias” que sólo desde el lugar enunciativo de la poesía pueden articularse. Si desde el academicismo los conceptos se enseñan pedagógicamente desde la frialdad literalizada debido a que la academia precisa necesariamente forcluir al sujeto del inconciente para transmitir lo suyo, no es desde el discurso universitario que Milmaniene apela a sus lectores. Sería incongruente intentar transmitir el psicoanálisis desde lógicas esquemáticas consabidas y prefijadas. Implicaría desconocer el tropiezo discursivo que funda al sujeto ético del inconciente. El lugar de enunciación del autor es solidario con su enseñanza. Si la dialéctica entre lo masculino y lo femenino sólo es posible desde la subjetivación poética de la falta, no es sino desde un universo poético y metafórico agujereado una y otra vez por Milmaniene, que la verdad con estructura de ficción vehiculizada por el psicoanálisis puede articularse en un decir. Es que la poesía es inherente a la diferencia, y sólo desde allí puede su verdad ser dicha a través de la estructura ficcional que le es consustancial.

Extrañas parejas es un libro dónde la axiomática discursiva que la ética del deseo responsable impone, nos impacta desde la densidad existencial que las distintas historias humanas evocan a través de los infinitos rodeos del Eros y la Ley. Un texto necesario, que retorna con renovado vigor en esta nueva edición, en tiempos de perversión generalizada en que la singularidad de los deseos es relegada en pos de la entronización de los proliferantes universos caóticos que uniforman la existencia a través de la máscara de la diversidad que las políticas de goce instituyen y celebran.


[Leer completo]

miércoles 5 de octubre de 2011

Especial: Chabuca Granda

[Leer completo]

miércoles 29 de junio de 2011

Entrevista a José Milmaniene


                                                En recuerdo de Manuel Pombo Sánchez
Hoy llegó a mis manos la Revista del Colegio de Psicólogos de Cataluña, en ella encontré una entrevista que le hiciera Manuel Pombo a José Milmaniene.  La leo como quien asiste a la celebración de un encuentro con ese extranjero que, cantando con otro acento, puede sin embargo, tocar la fibra más íntima.

En esta entrevista, filósofo y psicoanalista mantienen la mirada puesta en ese horizonte de alteridad que ellos mismos supieron sostener y que labró una fecunda amistad.

Dejo el enlace a la revista del Colegio de Psicólogos de Cataluña:

En las páginas 56-58 podrán leer la entrevista.

[Leer completo]

viernes 24 de junio de 2011

Ciudades Heterónimas


En medio de saudades, de cartas que evidencian lejanías y afecto, veo dibujarse entre ausencias y letras, una suerte de personaje-ciudad. Hoy desperté con una cartografía que me llevo a caminar por Corrientes, cruzar Gran Vía y llegar hasta malecón Armendariz. Una vez ahí, frente a mis bordes limeños, decidí continuar, con paso lento, para sentir en los pies la textura de la extrañeza de las olas al rozar la playa de la infancia.
Seguí caminando mirando al mar de reojo, un sonido llevó mis pupilas a llenarse de azul para  divisar un barco que llevaba consigo una banda de músicos y poetas delirantes.

Terminé el desayuno,
ya sin galletas ni mermelada, mis manos vacías buscaron el cotidiano ejercicio de las teclas, el sonido y las palabras.
El buzón de entrada trae noticias Argentinas.
Es evidente el espacio que se abre entre el muelle y el navío, y en él invento una ciudad con fragmentos de las ciudades queridas, recorridas. Una ciudad que, así como yo, es muchas. Con puentes, ríos y alamedas construidos entre aviones y cartas.
Me pregunto por lo que inspira a formar esta recolección de fragmentos urbanos que es una manera de ganar territorios… perdiéndolos.
Una manera de territorializarse a costa de desterritorializarse.
La lógica del no-todo parece asomar.
Me faltan palabras para dar cuenta de esta sensación. Para dar, lo que no tengo.
Me faltan.
Asomo por la ventana buscando nuevos aires.
Pasa por Larco un hombre perdido, se le ve joven e inquieto. Camina con un pie en la vereda y otro en la pista. Mira hacia arriba y toca mi mirada, señala un afiche que dice: “despenalizar la marihuana” y dibuja cenizas con sus manos.
Miro hacia dentro del cuarto, está encendido el fuego sagrado de la música.
-Tenías razón Lucho,  digo entre cita y cita, qué bien suenan las cuerdas cuando la loca sale a escena.
¿La loca? ¿quién es ella que habita en los intersticios? ¿dónde vive?
- Un quieto fingidor de árbol, dice: ella vive en el volcán.
Mientras las cenizas pluralizan la tierra una, en ciudades de fuego, en suspiros de España, en Aires del puerto de Lisboa.

[Leer completo]

miércoles 1 de junio de 2011

pliegues de tiempo con piel



De la frontera al pliegue, hago un giro conceptual, generando, re-generando, géneros.
Se trata del espacio, del lugar que ocupa un cuerpo en devenir y de este giro conceptual que me lleva a pensar lo profundo como superficie: “lo más profundo es la piel” dice Paul Valery, y yo, recorro superficies y giro.
¿Cómo es que se construye un yo? y, ¿A través de qué mecanismos yo devengo otro?
Hacer de la frontera un pliegue, un pliegue que se desliza en un plano de inmanencia, un pliegue que va creando interioridad y exterioridad a partir de las modulaciones que crean sus movimientos.

No hay nada que descubrir, no hay arqueología posible para desenterrar lo profundo. Lo profundo es la piel, he dicho. Y el adentro es un pliegue del afuera. Como la nave de los locos de Foucault, este encierro de la locura en el afuera absoluto del océano. El afuera absoluto. El pensamiento del afuera. ¿Qué sería de un yo sin un afuera? ¿Sin lo abierto que en su extremo deviene encierro? Yo soy un otro, y pienso con Pessoa que “somos algo que sucede en el entreacto de un espectáculo”.
No el espectáculo, sino el entre-
Acto que hace pliegue, pliegue que es movimiento. Superficie, piel.
Hago un giro conceptual,
¿Género?
Un pliegue en el cuerpo. Ser mujer, abrirse hasta navegar el encierro, hasta la locura.
Un pliegue, mujer, espacio.
Un pliegue, carne, huella, muerte, tiempo.

Me pidieron que escriba, cuando no podía hacerlo.
Escribir
No puedo
Nadie puede
Hay que decirlo
No se puede
Pero se escribe
Una y otra vez regresa este párrafo del libro “Escribir” de Marguerite Duras. Una y otra vez, ese compás de imposibilidad, de generar algo desde la imposibilidad… yo, genero.

El café comercial, Madrid. Un encuentro para la tarea compartida de analizar la disgregación del sujeto a partir de “Escribir”. Raquel obsesionada con la lectura adorniana yo, intentando Lacan.
Raquel escribe desesperadamente, hojas y hojas alrededor del café y los cigarros, todo es humo en el aire del Comercial. Humo y calor, voces que se mezclan con el olor a churros y tiempo. Diarios y tertulias, habla madrileña compulsiva, acelerada, atropellada.

-       la muerte de una mosca es la muerte, ahí está la fuerza del materialismo filosófico. Todo el universo se concretiza en esa mosca muerta.
Yo estoy pasmada, antimetafisicamente pasmada. Momento para reir.
La muerte y punto.

Escribir, no se puede. Pero escribimos.

A través de la ventana se abre la ciudad, desde la esquina del Comercial, la Glorieta de Bilbao, la boca de metro, el Kiosco de la esquina. Uno se puede pasar horas mirando el movimiento anónimo. El camarero llega con las cartas, no hay espacio en la mesa.

- Yo no puedo comer nada que tenga ojos -dice Raquel-  así que venga, un pincho de tortilla.
Raquel encuentra siempre un argumento provocador ante las decisiones límite en la vida.
- un mixto de jamón y queso, pido yo, sin pretensiones políticas.
Comimos, escribimos, tejimos permanencias.


Madrid se despliega vertiginosamente a través de frases y de encuentros, a través de bares y de calles. La barra de un bar, dijo Cristina, es ese pliegue del que tu hablas Ani, ¿te das cuenta? Ahí están moebianamente lo público y lo íntimo. Lo más extraño y anónimo enlazando discursos, tejiendo continuidades, creando intimidad. La barra de un bar es el umbral donde la embriaguez hace razón.

- Vente un año sabático aquí, a escribir la tesis
- Eso es lo que quiero
- No te olvides de lo que dice Blake: “aquel que desea y no actúa, engendra peste”.

Escribo.


Tengo una obsesión por los pliegues que me recuerda la frase de Barthes: “Padezco una enfermedad, veo el lenguaje”.
Pliegue-espacio
Pliegue-Tiempo
Pliegue-sexo-muerte


Escribo.

Algo sucede en el entreacto y empieza a llover. Una llamada en medio del espectáculo académico, y todo el saber se hace trizas. La muerte tiene cara de mujer. La muerte obscena irrumpe en Madrid.

Escribo.


Entro y salgo de la clase de Marinas, intento frenar a la bestia. Quiebro las alas metafísicas.
La muerte de una mosca es la muerte.
Entro al salón de clases, algo hace sentido, un coqueteo poético, la agudeza de Marinas, retomo el texto, le saco punta a las palabras.
Punto.
Cuando empieza a llover ya todo ha terminado, camino por las calles sin paraguas, solo lluvia y  piel.


Luego, escribo.

Caminar por las calles, como por un texto que se lee a sobresaltos, teniendo a la vuelta de la esquina la extrañeza de un instante. Escribir como quien camina por una ciudad nueva y descubre, en la siguiente palabra, que ya no es uno quien escribe, que Yo dejó paso a lo Otro para, irremediablemente desaparecer. ¿Qué sucede entre palabra y palabra?  Un intervalo doloroso diría Pessoa.

Fernando en la Rua Garret me espera atemporal y poeta. Yo me dirijo a él desorientada, timón en mano de un auto cuya dueña, copiloto, duerme sin imaginarse que hemos pasado de largo la entrada a Porto y tomamos autopista a Lisboa. Sin planos, sin planes. Solo la noche, un disco de fados acompañando y, el sueño cómplice de una amiga.
Lisboa esta hecha para perderse, las calles, curvas, señales, todo te va llevando al lugar que menos te imaginas. Ella decide, tú debes pactar.

Yo pacté para llegar hasta el poeta. Lisboa guió mis pasos a cambio de unas alas metafísicas rotas que llevaba en la cartera.
Hasta ahora me pregunto qué es lo que haría Lisboa con mis alas. Yo con el poeta aprendo antimetafísica.
Una tarde conversando sobre filosofía me dijo: piensa en esto no como quien piensa, sino como quien respira.
Y respiré. Y pensé en eso, y lloré.
Es cierto que cuando me lo dijo, Fernando tenía una sombra en el rostro, una otredad en la voz. Es cierto también que cuando lo escuché, se abrió algo en mi piel, un pliegue quizá, no sé, pero ya no eran necesarias las alas.
Por cierto ¿qué haría Lisboa con ellas?

Creo que Fernando y Lisboa se citan algunas noches de verano, Lisboa le canta fados eternos, le muestra las alas, lo pierde en sus curvas. Fernando se abre en heterónimos para recorrer, a la misma vez, las calles y los vientos, los muros y las sombras, con cuerpo, con mar, con saudades.

Lisboa pertenece al afuera, Lisboa se hunde en el Tajo, Lisboa me lleva hasta el poeta.

Volver a Madrid luego de un encuentro así no puede ser fácil. El camino se cierra, las pistas pierden los colores y el puente Vasco de Gama parece desaparecer entre la lluvia que se desata al iniciar el día. Una vez que conseguimos dar con el puente, cruzarlo nos tomo minutos que se volvieron horas, que se volvieron días. Fueron como tres los días  que transcurrieron cruzándolo, las aguas modulaban olas y tiempos por debajo de nosotras.

Yo tenía en Madrid una cita con el secretario de la facultad de filosofía, sin embargo a esa hora seguía atravesando el puente Vasco da Gama, un puente que no cree en el tiempo. Timón en mano, sin conducir nada. Regresar a la temporalidad con las manos vacías resultaba mas complicado de lo que los versos de Pessoa mostraban.

Mi amiga no dejaba de hurgar en el mapa tratando de encontrar una solución.
Lisboa esta fuera del tiempo, le dije, tenemos que pactar.

De regreso a Madrid, una película empezaba a las nueve de la noche en los Renoir de la Plaza de los Cubos,  caminando por Princesa rumbo al cine, las calles empiezan a estirarse, la esquina mas cercana se vuelve de una lejanía inalcanzable. Lo cercano se torna objeto de ausencia, la melancolía lo tiñe todo, ¿llegaré a tiempo?
Esta extraña saudade me alejaba de aquello que empezaba a ser deseado. Cuanto más rápido caminaba mayor era la dilatación del asfalto, de las líneas que forman la vereda. Todo se alargaba perdiéndose en un horizonte sin mar. Planos, planos, solo planos sobre los que mi cuerpo se desplaza absurdamente. Pierdo la noción del tiempo. Paro. Se me acerca una esquina y la doblo, la doblo. Ahora mi paso regresa al tiempo, alcanzo las líneas, algo es posible.
Giro, reversos del tiempo, mis manos se arrugan al señalar la ruta, pliegues de las calles madrileñas que camino con nostalgias del poeta. Pacto de tiempo con piel.


[Leer completo]

lunes 18 de abril de 2011

Entrevista pessoana

[Leer completo]

jueves 17 de marzo de 2011

Entrevista sobre el libro "Los Pliegues del Sujeto"

A partir de la publicación del libro "Los Pliegues del Sujeto", algunos medios han tenido la generosidad de entrevistarme y hacer notas al respecto.
aquí, Roberto Limo del diario El Correo:
"La creación implica poner en cuestión al yo"


[Leer completo]

jueves 3 de marzo de 2011

Los Pliegues del Sujeto

Una lectura de Fernando Pessoa
Ani Bustamante

Biblioteca Nueva
Madrid 2010


Por José Milmaniene

En este logrado texto Ani Bustamante  despliega una rigurosa revisión de   la teoría psicoanalítica del sujeto, a la que enriquece con el estudio de la obra poética de Fernando Pessoa, la que opera como ejemplo alegórico privilegiado de la misma.
La autora está persuadida que el psicoanálisis actual debe repensar  la subjetividad  a la luz de los renovados aportes filosóficos, artísticos y literarios,  que no sólo exponen en acto lo enunciado conceptualmente, sino que aportan  la riqueza existencial que deriva de la conjunción del Saber con la Belleza.
 Se trata pues de un texto que propone una intertextualidad fecunda entre el campo freudiano y el evento del lenguaje, lo que genera un efecto inédito de placer, que deviene del plus de sentido que se  gesta cuando se articula  la teoría con  el decir poético de Fernando  Pessoa.
En la primera parte la autora desarrolla con lucidez el complejo proceso de constitución subjetiva, a la luz de los aporte de Freud, Lacan, Winnicott y Deleuze.
Además de una exhaustiva exposición de los lineamientos teóricos de estos autores, Bustamante despliega el original concepto de pliegue subjetivo. Si bien se trata de un  nombre teórico de filiación deleuziana, Bustamante  lo articula con el corpus freudo -lacaniano, lo que le otorga una mayor potencia clínico-existencial.
Los pliegues  definen la particular arquitectura simbólica del sujeto, constituido por  bordes, torsiones, cortes, discontinuidades, corrientes libidinales, intervalos significantes, litorales, nombres y vínculos objetales.
Esta compleja estructura se despliega en ejes temporales signados por la resignificación a posteriori,  en un espacio fantasmático que si bien se puede formalizar  por modelos topológicos, encuentra en las metáforas poéticas su campo de expresión privilegiado.
Se trata de  un sujeto facetado, hecho de heterónimos- sean estos latentes o manifiestos -  y de rostros múltiples, que no acepta ninguna totalización ni síntesis unificada.
 Los heterónimos creados por Pessoa representan el exceso inherente de la diseminación identitaria y la polifonía de voces que nos habitan, y los intervalos vacíos que se abisman entre  ellos sólo pueden ser aludidos por  el lenguaje poético.
Los heterónimos –en tanto núcleos constitutivos del Ser- se organizan en una estructura fragmentaria, rizomática, que se despliega simultáneamente en pliegues discontinuos y en continuidad moëbiana, de modo tal que el sujeto se torsiona y se separa de sí mismo a través de espacios intersticiales, que operan como lugares que posibilitan la inscripción de diferencias.
El sujeto se configura, pues, en un constante devenir producto de la circulación significante, y en el movimiento incesante y contradictorio de los flujos libidinales, organizado  bajo el modo de una cartografía construida por cadenas heterónimas en tensión permanente, tal como se observa paradigmáticamente en la escritura de Pessoa.
El sujeto carece de todo centro y su interior se configura como el producto de la relación conflictiva entre heterónimos, lo que supone una fragmentación que busca ser  integrada a través de la palabra poética. De no ser por su estilo el poeta hubiera sucumbido a la  deriva  y a la infinitización psicótica, dado que sus versos operan como eje de referencia fálica, merced de los cuales logra poner nombres a la pluralidad de Yoes que constituyen a la persona Pessoa.
La lectura de este libro permite acceder a la una teoría del sujeto a través de una clínica poética que expone  los conceptos axiomáticos del psicoanálisis  a través de la obra de Fernando Pessoa.
Su producción es lúcidamente interpretada a partir de una concepción del sujeto que ya no es “un significante que representa a Pessoa para otro significante” -de acuerdo a la clásica definición de Lacan sobre el sujeto-  sino que  Bustamante la reformula de un modo original en estos términos: “Un heterónimo representa a Pessoa para otro heterónimo”.
De modo que ya no es la cadena significante el carril sobre el que se  desliza linealmente el sujeto, sino que éste circula en los pliegues  que se abren entre los intervalos entre heterónimos.
El sujeto habita, pues, en las grietas, surcos, huellas  e intervalos vacíos que  derivan de la imposibilidad de toda sutura Yoica, y es la escritura poética la que opera como testimonio de los deseos y goces inconscientes que signan nuestro destino.
Ani Bustamante ha creado una verdadera historia clínica psicoanalítica de Fernando Pessoa a través del lúcido análisis interpretativo de su producción. Así despliega en estado práctico los  conceptos de sujeto, de objeto a, de huella, de resto, de litoral, de letra, de narcisismo, de Ley, de falo, de castración, de modo tal que los nombres teóricos del corpus freudiano-lacaniano toman “cuerpo” en los pliegues mismos del universo heterónimo.
El lector que frecuente estas páginas podrá comprobar la iluminación teórica  que deriva de la acertada conjunción del discurso freudiano con la potencia de la palabra poética de un creador de la talla de Pessoa.
La originalidad de la propuesta de Ani Bustamante reside en que ha podido transmitir el rigor de la teoría psicoanalítica con un bello estilo, y ha conjugado la formalización de los esquemas topológicos con las metáforas poéticas de Pessoa.
Este es un libro que da a pensar, y que no sólo procura placer estético sino que aporta una sustantiva ganancia de Saber.
Es el producto de una  escritora y psicoanalista que atesora dos fervores: el psicoanálisis  y la escritura, lograda conjunción que ha derivado en una producción que nos permite tomar contacto con la teoría del sujeto resignificada por el evento del lenguaje poético. 







[Leer completo]

jueves 24 de febrero de 2011

Otros Trazos... Paraje "Las tunas"


No me queda muy claro por qué emprendí este Trazo, sin embargo lo que sí sé es que lo sostengo (a pesar de las grandes fugas, silencios y olvidos) porque a través de él he visto abrirse caminos y  surgir  amistades profundas. Me gusta saber que puedo ser extranjera en el interior de este blog al dejar que otros dejen su huella, lo hagan suyo.
Hace unos días, una escritora y querida amiga argentina, Mónica Arzani, me entregó este cuento -premiado por la Asociación Psicoanalítica Argentina- que publico a continuación.



Paraje "Las tunas"

por Mónica Arzani

La memoria es una gran embaucadora, pero no se puede prescindir de ella; la definiría entonces como un manchón de tinta ya seco, que no se puede lavar, pero sí en cambio bautizarlo de palabras con ese acto heroico que es el escribir. El recuerdo de la mujer está mojado por las sombras, no aparecen sus facciones por más que insista. Su presencia es toda ausencia. Tendré que atarla entonces a lo que puedo imaginar de ella.
La mujer  ya olvidada estaba oculta bajo una armadura, arropada en su deseo, en esa calma feroz y ardiente de la siesta en las sierras. Toda ella era falta de cordura, insensatez. Vestía un overol de lona color naranja con camisa de mangas largas ceñida en los puños y cuello alto cerrado con un botón apretando la garganta. Las botamangas de los pantalones le cubrían los zapatos y los ruedos absorbían cualquier fluido grasiento  de la estación de servicio y barrían  también los desperdicios. Su cabeza lucía rapada y su rostro exudaba agua y vapor en una dilapidación gozosa justificada por los cuarenta grados  de temperatura a la sombra.
En el almacén anexo a la estación, su perra  color ocre se arrojaría sobre cualquier alma que atravesara el umbral para herir la quietud de las dos de la tarde.
La estación estaba atendida sólo por mujeres. En el otro surtidor se podía ver una jovencita con un gorro en la cabeza y un vestido flojo de empeñosa desprolijidad, era hermana de la otra, evidentemente no eran mujeres de mirarse en los espejos  ni de cifrar sus esperanzas en flores.
También hubo otra hermana que ejercía el oficio más antiguo. Se fue en un colectivo prostibulario que regenteaba un polaco, simplemente un colectivo estacionado en un basural y con las ventanas y las puertas cubiertas por trapos de dudosa higiene. Las tres eran las hijas del Belga y de su mujer, si así puede llamársele porque desde la consumación carnal del matrimonio no volvió a dirigirle la palabra al hombre que ella nombraba como esposo y que un día desapareció sin dejar rastro.  Esas dos hijas y esa madre vivían en el paraje Las Tunas. Un camino pedregoso, oloroso y plagado de inmundicias (desovaban allí los camiones de basura), las llevaban desde el pueblo hasta el galpón que siempre habitaron.
Compartían el mismo lecho. Antes que el padre y la hija que ejercía el antiguo oficio partieran, la madre distribuía cuidadosamente los lugares en donde reposarían los cuerpos. Al belga no lo quería al lado de ella. Podían dormir junto al padre la hija que trabajaba en la estación de Servicio, a quién la madre no consideraba una mujer, la más pequeña que no tenía formas femeninas aún, y al lado de ella como para ser custodiada durante el sueño se acostaba  la puta, porque nunca se sabe, pensaba la madre de las tres, estas putitas provocan y el hombre es siempre un hombre y a tres cuerpos de distancia no les va resultar fácil trenzarse.
Un día, para sorpresa de todos , volvió el Belga y se acostó en la cama como siempre. Las tres mujeres  juntaron sus cuerpos para cederle un poco de lugar ( la putita ya había huido). Cuatro cuerpos y una cama, y una mujer que seguía enojada con él y a él que no le importaba, total nunca le había hablado.
Sólo fueron conjeturas acerca de cómo atravesó el amor la armadura de esa muchacha que sólo  aflojaba un poco para poder dormir o se despojaba de ella por partes para someterse a una higiene rápida y dudosa. El embarazo no fue detectado ni por los familiares ni por los clientes, más que nada por la imposibilidad de intuir bajo las ropas de faena, un cuerpo que  obrara de morada. Los dolores de parto comenzaron en la estación de servicio, hizo todo el camino caminando y parió sola en el galpón, como acostada no pudo, probó entonces agachada sobre el piso de tierra.
Su madre tuvo entonces un  motivo para dejar de hablarle también a ella. El Belga en cambio se sintió feliz de tener en sus brazos a un niño, la inservible de su mujer solo le paría hembras; también se sintió feliz de tener que hacer medio espacio más en la cama, porque cada baja en la cama significaba dormir más tranquilo, pero al belga no le importó por que siempre había soñado con ese momento.
Un día la mujer de la estación de servicio  notó al acostarse que en la cama faltaban  un cuerpo y medio, y presintió que no volvería a ver ni a su padre ni a su hijo.
La mujer buscó en vano por la terminal y la estación de trenes, nadie supo informarle sobre el destino de los desaparecidos. Entonces salió de sí  y dejó las sombras a las que estaba habituada, el trabajo, el galpón, la armadura. Se vistió entonces con el único vestido que dejó su hermana, la puta, y que le ceñía el cuerpo denunciando sus formas femeninas, y así, con la clausura deshecha, marchó por las calles desiertas como una guerrera de cabellos de heno y mirada azul, tan hermosa como el alba primigenia. Los madrugadores dicen que la vieron tomar un micro en la terminal. 



[Leer completo]

domingo 12 de diciembre de 2010

geografias




¿Cómo empezar a escribir sin un hilo conductor? no lo encuentro, he salido a su búsqueda y he encontrado una madeja, como cuando quedan restos de pelo entre las sábanas haciendo bolitas ingrávidas al salir el sol.









Saboreo el límite del tiempo, el borde de los días en Madrid.
Domingo dilatado, gris de invierno, los minutos se arrastran por el suelo, por las calles, las veredas. Mientras maletas y chocolate dejan el rastro necesario. 
Los minutos son ese espacio por el que palpo la orilla.
La orilla de las playas limeñas va ganando espacio al blanco de mis sábanas. Moja mis restos de pelo en la almohada,               
 arremete con espuma y aliento del Pacífico.


Puedo oler el acantilado.
Mi cuerpo es una construcción de mares, montañas, calles y veredas... gran vías y barrancos.
Malasañas-Miraflores
li-ma-ma-drid
mamamamamamama

Ayer en la exposición “Atlas” del Reina Sofía, encontré este fragmento en una de las paredes:



"¿y si el atlas no fuera sino el resultado –ignoto o calculado- de nuestros desplazamientos más íntimos? ¿de nuestras derivas pulsionales o conceptuales, visuales o corporales, sentimentales o políticas? ¿de nuestras autobiografías espacialmente reordenadas y acompasadas por los movimientos de nuestro cuerpo?"



No hay hilo conductor. Trazo, trazos y garabatos. Pelos, piel, cuerpo al viento de la escritura imposible… 








[Leer completo]